Una marca para toda la vida

Martes 14 de junio de 2011

Testimonio de Adriana Chamorro

Una marca para toda la vida
Por Natalie Naveira

Adriana habló por videoconferencia desde Canadá. No quería olvidarse de nada de lo que sucedió en ese terrible centro clandestino llamado Pozo de Banfield. Allí, fue compañera de celda de María Asunción Artigas Milo. Y su relato se basó en el nacimiento de Victoria Moyano Artigas, hija de María.

El 23 de febrero de 1978 Adriana Chamorro es secuestrada y trasladada al centro clandestino Pozo de Banfield, ubicado en Lomas de Zamora. Es entonces, para fines de junio de 1978, que se llevan a la persona que estaba en la celda con María y, ubican a Adriana en su lugar. Los guardias hacían los cambios de las secuestradas y los secuestrados de sus celdas cuando se hacían los traslados masivos.

María, aunque estaba con un embarazo muy avanzado, pedía siempre el traslado, porque a su compañero “Fredy” se lo habían llevado. Tenía grandes ataques de angustia y entraba en crisis, provocándole cuadros que parecían de epilepsia. En esos momentos María quedaba arqueada hacía atrás, caída .varios minutos. En uno de esos ataques entró un oficial de Guardia con un médico que no era Jorge Bergés. En ese Instante a María le dijeron: “Vos te vas a mentalizar que hasta que no nazca tu hijo no te vas a ir de acá”.

En las descripciones de Adriana este médico era bajo, con barba y delgado. Lo conocían porque estaba en las torturas y porque era el mismo que María vería luego, en su parto.

“Decidimos no llamar más a los guardias por los ataques, porque prácticamente las respuestas eran acosos sexuales, así es que yo la vigilaba y cuando se caía, la sostenía, le ponía agua, era todo lo que podía hacer” sostiene Adriana, en relación a los continuos ataques de María.

Otras de las cosas que quería destacar Adriana era que una noche abren la celda donde estaba María, en ese momento Adriana no estaba en el calabozo con ella “le preguntamos qué pasó y María nos dijo que vino el oficial de guardia con otra persona, le dijeron que se levantara, que se sacara la venda. ‘Esta es la presa de la que te hablé’, la presentaron. Le preguntaron cómo estaba, si estaba con contracciones; ella les dijo que necesitaba vitaminas, mejores condiciones de vida y el hombre se fue. A los pocos días tuvo unas pastillas que suponemos eran vitaminas”. Adriana explica, que todos habían pensado que esa persona, que entró al calabozo con el guardia aquella noche, era la que se llevaría al bebé, pero que nadie dijo nada.

Las contracciones

Adriana sigue su relato, narrando cómo se las arregló con sus compañeros para ir contando los tiempos de las contracciones de María.

Los secuestrados y las secuestradas poseían un sistema de comunicación de manera secreta y muy desarrollado. A través de las paredes, que eran de ladrillo hueco, podían establecer puentes de contacto con los calabozos de al lado. Con las personas que estaban lejos, usaban algo parecido al código Morse y con las personas más cercanas, se entendían con susurros: “Estábamos sin luz pero era como si nos viésemos, hablábamos muy rápido y no necesitábamos completar las palabras porque teníamos mucha práctica, nos contábamos películas, jugábamos al ajedrez y nos dábamos mensajes”.

La noche del 24 de agosto, María empieza con las contracciones. Obviamente nadie tenía reloj, entonces Adriana puso a trabajar a dos compañeros de los calabozos contiguos, uno fue Eduardo Atilio Corro, su actual ex marido y el otro, Carlos Rodríguez.

“Golpeaba una pared para que Carlos empezara a contar; golpeaba cuando terminaban – las contracciones- para decirle que parara y simultáneamente golpeaba al otro costado donde estaba Eduardo, para que tomara el tiempo de los intervalos: así, cuando contamos lo que parecía una frecuencia de cinco minutos llamamos a la guardia. Todas nuestras orejas estaban pegadas al piso y pocos minutos después escuchamos un grito de un bebé que nacía, y no pasó como en los otros casos, a ella no la trajeron inmediatamente”, explica Adriana.

Los guardias dejaron que María estuviera con Victoria toda la noche. María volvió al otro día con un frasco de Espadol, algodón y con la sábana manchada de sangre. La habían dejado estar con la niña ocho horas, pero la patota le había prohibido terminantemente que le diera el pecho, cosa que no obedeció porque le quiso dejar una marca para toda la vida.

María contó que la niña tenía ojos y cabellos muy oscuros, que las cejas eran como las de “Fredy” y que por momentos se sobresaltaba de una manera muy nerviosa, ante cualquier movimiento.

Adriana explica que, luego supieron que Victoria, la hija de María, fue apropiada por el hermano de Oscar Penna, el jefe de la Brigada de San Justo.

Los Traslados

Antes de concluir la declaración, Adriana cuenta que la sacaron del centro clandestino Pozo de Banfield, el 11 de octubre. Pasó dos meses en una comisaría y después la llevaron al penal de Villa Devoto. Pero, uno de los jueces le preguntó a Adriana por una palabra que ella pronunció varias veces, en todo el recorrido de su testimonio ¿Podría explicar qué eran los traslados?

“Había traslados grandes, traslados a la libertad y traslados chicos. Para la libertad, los bañaban, afeitaban, les ponían buena ropa de lo que encontraban de otros presos que habían quedado y ellos se iban de día; para los traslados chicos, los sacaban con las mismas esposas y tabiques que tenían en el lugar. Y después estaban los grandes, que eran los traslados en los que los guardias decían que los iban a subir a un avión para llevarlos al sur y decían que les daban un calmante para el viaje, estaban completamente atados, con las cabezas vendadas y los brazos atados atrás”.

En ese momento, Adriana recuerda que uno de los guardias le dijo antes de marcharse del centro clandestino Pozo de Banfield, que no se preocupara por María, que ella iba a irse al otro día. Y así fue, se presume que se la llevaron integrándola en el traslado grande del 12 de octubre.

Fueron las últimas personas en salir de allí, y hoy en día permanecen desaparecidas.

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Simplemente Juan

Martes 23 de agosto de 2011

Testimonio de Juan Alfonsín Cabandié

Simplemente Juan
Por Natalie Naveira

Juan Cabandié declaró, como nieto recuperado, en el juicio que se lleva adelante por sustracción de bebés en la última dictadura militar. Detalló en dónde había nacido, la historia de maltrato físico y verbal por parte de su apropiador Luis Falco. Y, entre lágrimas, habló de la libertad y de la historia de sus padres Alicia Elena Alfonsín y Damián Cabandié.

Juan quiere hacerle recordar al tribunal el motivo por el que está allí: “Yo he nacido en la ESMA, como consta en la causa; mi madre fue secuestrada y me tuvo en la Escuela Superior de Mecánica de la Armada, ex ESMA, a mediados de 1978” remarcando el día 20 de marzo de 1978, fecha en la que nació.
En la casa de los apropiadores, Cabandié era Mariano Andrés Falco, supuesto hijo de Falco y de María Teresa Perrone, también era hermano menor de Vanina, la persona que luego lo ayudaría en toda la búsqueda. Ella estuvo presente en la audiencia durante su testimonio y aunque es hija biológica de los que fueron apropiadores de Juan, para él, ella es su hermana.

Con Luis Falco había “una relación mala, perversa, tortuosa- explica Cabandié- yo estaba al borde de dar saltos de rana todas las mañanas. Con Teresa no era así. Yo lo dejo de ver a los 19 años, cuando se divorcia. No lo veo más. Era muy violento, muy autoritario, ejercía violencia sobre la familia, o ese supuesto núcleo familiar, aunque era especialmente violento verbal y físicamente conmigo, a partir de travesuras como las de cualquier chico: se agarraba de esos elementos para ejercer la violencia hacía mí.”

Falco actuó en la parte de Inteligencia de la Policía Federal y tenía relación con el represor Samuel Miara, éste operaba en la patota del centro clandestino Atlético por donde pasaron los padres de Juan. Miara -fue el apropiador de los mellizos Reggiardo Toloza- el mismo al que Juan llamaba “tío”. Cabandié intuye que Miara le permitió a Falco, por una cuestión de rango, apropiárselo desde adentro de la ESMA.

A la edad de 8 ó 9 años, Juan vio por la televisión las fotos de dos niños que eran buscados en llamados solidarios, éstos eran los mellizos Matías y Gonzalo. Cuando pregunta por ese aviso, que habían pasado en la televisión, la respuesta que le dieron fue que era un error. Después de dos o tres años, con pedido de paradero, volvió a ver las fotos de los mellizos en la televisión.

En el año 1989 extraditaron a Miara. En ese momento Falco le dijo a Cabandié que Miara hizo “una gran obra de amor con los mellizos porque al nacer estaban muy flaquitos” y Juan agrega que “Siendo mellizos, habiendo nacido en la comisaría de La Plata y con su madre torturada no es descabellado pensarlo”.
Juan Cabandié recordaba, muchas cosas, que Falco les contaba acerca de los allanamientos que hacía, de las cosas que robaba, como guitarras, discos. También les mostró una credencial falsa que usaba con el nombre de Leonardo Fajardo y que había usado un seudónimo para infiltrarse en el Mundial del ‘78.

En busca de la verdad

El fiscal Martín Niklison, le preguntó a Juan “¿Cuándo supo que Damián Cabandié y Alicia Alfonsín eran sus padres?”

“De esto me entero el 26 de enero de 2004 –manifiesta Cabandié– a partir de que yo me acerqué a Abuelas de Plaza de Mayo, a mediados de 2003, por distintas dudas con relación a mi filiación, en situación de inestabilidad emocional por no tener respuestas a muchas preguntas, por el maltrato que me prodigaba la persona que era mi padre. Y porque ningún argentino es ajeno a lo que sucedió entre 1976 y 1983.”

Las preguntas del fiscal seguían y es entonces que Cabandié habla del libro Nunca Más, que encontró a los 15 años de edad. “Cuando yo empiezo a tener curiosidad sobre cuestiones de la vida, veo que, llamativamente había un libro Nunca más en la casa. Había otros libros. Había libros de formación militar. Que no tenía nada de malo que sean de formación militar, pero había un libro explícitamente antipopular, con reivindicaciones de vejaciones y torturas”. En el libro aparecían nombres de los amigos de Falco, como el filonazi Jorge Vieira “Leerlo me acercó a tener otra mirada, no me asombré de que apareciera explícitamente como filonazi fascista sino leerlo en un libro me llamó poderosamente la atención y empecé a darle más importancia a esa posición diferente”.

Juan contó que la mujer que lo crió y Falco se habían divorciado. Y decidió ir a Abuelas “mi ansiedad era grande porque quería conocer mi verdad y en Abuelas me dijeron que había que esperar el entrecruzamiento de datos genéticos algunos meses”. Entonces preocupado en saber quién era, Juan llamó a Falco, “tenía la necesidad imperiosa de conocer quién era y se me ocurre llamarlo, tenía 24 años y no hablaba desde los 19″. Juan Cabandié le dijo que sabía todo y que era hijo de desaparecidos y le pidió certezas. Falco con un tono entre temor y preocupación, no habitual en él, le preguntó si alguien más sabía de esto. En ese momento Cabandié explica que “yo le tenía mucho miedo y por el miedo que yo le tenía se me ocurrió responder que esto lo sabía Estela Carlotto y Néstor Kirchner. Estela lo sabía porque estaba mi denuncia en Abuelas; Néstor Kirchner obviamente no lo sabía, no lo conocía, pero era un manto de protección que yo pensaba que Néstor nos iba a dar a nosotros”.

El recuerdo vivo

Cabandié se emocionó hasta las lágrimas, cuando comenzó a hablar de sus padres, que aún hoy continúan desaparecidos “mis papás desaparecen el 23 de diciembre del año 1977. En ese momento, la organización política a la que pertenecían había tomado la decisión de iniciar el pasaje a la clandestinidad. Es decir, apartarse de los lugares de origen, mis padres eran muy jóvenes, tenían 16 y 19 años, estaban casados hacía un año”.
Alicia Elena Alfonsín y Damián Cabandié, los padres biológicos de Juan, vivían en Congreso, en la calle Solís, muy cerca del Departamento Central de Policía. Al primero que secuestran fue a Damián, cuando salía de ENTel y luego diez hombres de civil, portando armas se dirigieron osadamente hacia Alicia y la detuvieron cuando salía de un almacén. Un portero pudo ver cómo, ella que estaba embarazada, era introducida a golpes en un camión que tenía la leyenda «Sustancias alimenticias». Los trasladaron a los centros clandestinos El Banco y El Atlético. Pero al siguiente mes, Alicia, embarazada de siete meses, fue enviada a la ESMA.

En marzo de 1978, dio a luz a Juan en la llamada “Sardá”, la maternidad clandestina que funcionaba en la ESMA. En el parto intervino el médico naval Jorge Luis Magnacco y, tras 15 a 20 días de amamantamiento, fue entregado a sus apropiadores. Alicia había llamado a su bebé: Juan, porque era un nombre simple. Esto se pudo saber por la declaración de sobrevivientes como Sara Osatinsky, quien asistió al parto.

Cabandié recuerda que “a ella le decían ‘bebé’, por lo joven que era y, como a otras embarazadas, le hicieron escribir una carta a sus padres porque les decían que los bebés se entregarían a los abuelos y que a ella la llevarían a una cárcel del interior con mi padre. Ella tenía la ilusión porque pensaba que por ser tan joven podían liberarla”. Al referirse a la sustracción de menores, de la última dictadura militar, Juan recalcó que fue una “actividad planificada no solamente para satisfacer las necesidades de familias vinculadas a la dictadura sino que también se le dio una sistematicidad al robo de bebés”.

Juan antes de finalizar su declaración y con una emoción a flor de piel, añadió que él procuró saber cuál era la respuesta ante las miles de preguntas que tenía. Que la recuperación de su identidad “es saber quién es uno, conocer a mi familia, a mis papás, saber quiénes fueron, significa mi estructuración como sujeto de derecho (…) Significó la libertad, despojarme de la mentira y la opresión y significa, también, que mi hijo tenga el nombre que le corresponde”.

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Aquel llanto

Miércoles  27 de abril de 2011

Testimonio de Lidia Papaleo de Graiver

 Aquel llanto

Por Natalie Naveira

Lidia Papaleo de Graiver recorrió parte de su secuestro y tortura por el caso Papel prensa, el de sus familiares y amigos. Pero en este juicio, Lidia va a hablar de aquel llanto que escuchó en el centro clandestino situado en el Pozo de Banfield.

Lilia Papaleo de Graiver es secuestrada el 14 de marzo de 1977. Quienes la secuestraron se identificaron como policías de la provincia de Buenos Aires “nos golpean a todos los que estábamos ahí, después, ya golpeada me tiraron en el baúl de un vehículo”. La llevaron a Puesto Vasco encapuchada, donde estaba su cuñado, su suegro y un grupo de personas relacionadas con su marido, el banquero Isidoro Graiver. De inmediato, al llegar a ese lugar comienzan con las torturas. “Me habían apodado ‘la impura’ porque había estado con un judío y querían hacer aparecer como que había un complot judío”, dijo Lidia.

Un mes después la trasladaron al Pozo de Banfield, donde la alojaron en el sector donde estaban las mujeres. Esa primera noche, en la que llegó al Pozo de Banfield, escuchó que las mujeres secuestradas golpeaban las puertas de las celdas para avisar que una compañera estaba por parir.

Lidia estaba ubicada en la línea de las celdas de las mujeres y se dio cuenta de que en la línea de atrás estaban los calabozos de los hombres. Estaba aterrada y con el cuerpo lastimado por las torturas de Puesto Vasco “y entonces esa noche un guardia me abrió la puerta para preguntarme si podía ayudar en un parto, una mujer estaba por tener familia, pero yo no me pude parar porque estaba muy mal. El guardia cerró la puerta y escuché cómo sacaban de la celda de al lado a alguien, la chica iba a parir y… parió en ese pasillo inmundo, ahí” dice Lidia, con un tono angustiante.

Cuando la querella le pregunta a Lidia, cuánto tiempo piensa o calcula que la joven pudo tener con ella al bebé, Lidia dice que su impresión es que pasan menos de 24 horas “La escuché cuando nació, que lloraba, que le hablaba de cosas de las que hablan las madres, con ternura”. Luego señala, que pudo oír cuando entró un guardia al calabozo de al lado para pedirle el bebé a la joven, y que la muchacha despidió a su hija dándole al guardia las referencias completas del nombre y apellido, como si estuviese dándole los datos para inscribirla en el registro civil. “Yo no sé si era el nombre de ella o de la niña, pero escuché claramente la palabra María y a continuación un apellido italiano que nunca más pude recordar”, después de este episodio a Lidia Papaleo la pasan a otro calabozo que estaba al fondo. Luciano Hazan, uno de los abogados de Abuelas de Plaza de Mayo, le preguntó a Lidia si en caso de oír nuevamente ese apellido podría reconocerlo, Papaleo le dice que puede ser, añadiendo “soy una persona muy creyente, le he pedido a Dios que me diga realmente algo porque me siento en deuda con esa criatura”.

Entre los apellidos que la querella mencionaba estaba el de Petrakos y Castellini, ambos desaparecidos. Las querellas piensan que podría tratarse del nacimiento de Victoria, Hija de María Eloísa Castellini y de Constantino Petrakos, nacida los primeros días de abril de 1977 en el “Pozo de Banfield”, que funcionaba en la Brigada de Investigaciones de Banfield.

María Eloísa dio a luz una niña a la que llamó Victoria. Esos datos son obtenidos por las querellas a través de personas que compartieron su cautiverio y que luego fueron liberadas de aquel centro clandestino. Pero Lidia no lo pudo confirmar “lamento profundamente no acordarme el apellido que ella dio. Sé que es justificable pero a mí no me basta, yo quiero que esa criatura aparezca y que se reencuentre con su hermana, con su familia. Por eso vine acá, para que se conozca la verdad y se haga justicia”.

María Eloísa Castellini fue secuestrada el 11 de noviembre de 1976 al mediodía en donde trabajaba. Era maestra de música en un jardín de infantes, “El Palomo”, en Libertad, Provincia de Buenos Aires. El secuestro fue realizado por hombres de civil, la introducen en un auto delante de todas las profesoras y de las maestras que salían de aquel Jardín. Estaba embarazada de cuatro meses y tenía una pequeña hija de menos de un año, Clara.

La joven militaba en el ERP, el mismo día de su secuestro fue torturada y antes de ser trasladada al Pozo de Banfield, la llevan a su casa para intentar secuestrar también a su esposo, Constantino Petrakos, a quién no encontraron. Constantino desapareció un año más tarde.

Hoy, Clara Petrakos busca incansablemente a Victoria, su hermana. No pierde las esperanzas y hace circular su propia foto y la de sus padres. Tal vez Victoria pueda reconocerse y así reencontrarse con Clara, después de tantos años de dolor.

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Luchar con la fuerza del amor

Miércoles 30 de marzo de 2011 y lunes 11 de abril de 2011

Testimonio de Estela Barnes de Carlotto

Luchar con la fuerza del amor
Por Natalie Naveira

Estela de Carlotto narró la lucha de la Abuelas desde sus comienzos. Las distintas maneras en que se las arreglaban para poder encontrase en La Plata o en la confitería Las Violetas ubicada en una esquina en que se cruzan las avenidas Rivadavia y Medrano, en el barrio de Almagro. Siempre hablaban en código por teléfono y en los encuentros simulaban algún festejo. Se refirió a las permanentes gestiones que hizo ante autoridades militares, judiciales, civiles y eclesiásticas y cómo el silencio o inclusive las amenazas eran las respuestas más corrientes. Recordó que en la búsqueda de su hija y la de su marido, que también estuvo secuestrado, llegó a entrevistarse con Bignone.

“No queremos revancha, solamente justicia para que se escriba la historia con toda la verdad (…) La justicia será la única forma de que esta democracia sea permanente y que no se repitan estos crímenes.”

El 1º de agosto de 1977, Estela vio a su hija Laura por última vez. La buscó hasta quedarse sin aliento. Al año siguiente, en agosto también, recibió un llamado de la comisaría de Isidro Casanova. Le solicitaban que se presentara y que le “notificarían oportunamente” el porqué. Ahí se dirigió, junto con su marido. Estela cuenta que ese viaje fue interminable y que pensaban desde lo peor hasta lo más esperanzador, inclusive ilusionándose que encontrarían a Laura y a su hijo. Al llegar, lo único que encontraron fue el cuerpo de ella sin vida. Estela apenas levantó los diarios que la cubrían y solo vio su vientre perforado y cubierto de pólvora. “Se ve que le dispararon para no dejar rastros del embarazo” recalca Estela. Hacía dos meses, Laura había dado a luz.
En la comisaría, Carlotto pregunta dónde está el bebé, le contestan que allí no había ningún bebé. “Yo no suelo elevar el volumen de mi voz, pero en ese momento no pude más y le grité al guardia “¡asesino!” y le señalé el crucifijo que tenía en la pared y le dije: ¡Él los va a juzgar, asesinos!”

Estela, con voz calma, hace un paneo general en la sala y añade “Pensaron que al entregarme a mi hija muerta de 23 años me iban a aniquilar. Lejos de eso, seguí luchando con la fuerza del amor (…) seguí con las Abuelas (…) mi compromiso, por el que hoy estoy acá, es para demostrar que hubo un plan sistemático de apropiación, para contar cómo ocurrieron las cosas, porque tenemos pruebas de todo lo que afirmamos. Para que la historia se cuente como fue y para que no se repitan estas atrocidades”. Sin perder aire, ante el tribunal afirmó -en alusión a los represores que están en el banquillo por el robo de hijos de desaparecidos- que: “A estos hombres que reivindican los delitos que cometieron y no nos dicen dónde están nuestros nietos, espero que les caiga todo el peso de la ley”.

La mudanza y la búsqueda

Laura Carlotto le había pedido a su padre la camioneta rastrojera que éste utilizaba, para mudarse de la casa en donde vivía junto a una pareja, que al igual que ella, eran militantes de la Juventud Universitaria Peronista. Pero Laura no regresó a las 17:00 como lo había prometido y esa noche su padre resolvió ir a buscarla, y al llegar a la casa fue secuestrado.

Estela fue esa misma noche al lugar acompañada por su hermano. “Fuimos a ver la casa, estaba abierta, iluminada, con gente que entraba y salía llevándose cosas, los que me parecieron rateros”. Al otro día, bien temprano, pudo hablar con una vecina, quien le confirmó que hombres armados a bordo de varios automóviles habían entrado y que se llevaron secuestrado al matrimonio y luego a un hombre mayor que llegó más tarde. Estela se acuerda que comenzó haciendo lo que el sentido común le decía que tenía que hacer “buscar, buscar a Laura y a mi marido porque hasta ese momento no sabía nada de los dos”. Mientras Guido Carlotto permaneció desaparecido, Estela recibió una llamada de su hija, allí es donde supo que, en ese momento, no se la habían llevado. Laura quedó muy preocupada por el padre y decidió entrar a la clandestinidad trasladándose a la Capital. Para que ambas pudieran tener contacto comenzaron a tener códigos. Laura la llamaba una vez por semana al colegio donde trabajaba Estela, inventaba que era una amiga y le mandaba una carta. Fue el 16 de noviembre de 1977 cuando Estela recibe la última carta y el último llamado. En la carta decía que iban a estar juntas en el verano, que podrían charlar con más tiempo en la playa. Laura le decía que estaba más gorda y que también estaba en pareja con un compañero. Después de diez días, al notar que no se producían más llamados, empezó a buscarla. Carlotto pidió entrevistarse con, Raúl Plaza, por entonces arzobispo de La Plata. Recorrió diferentes hospitales y comisarías donde le decían que no había “ningún registro” de su marido.

Después resolvió solicitar una entrevista con Bignone a través de la hermana del dictador. Ellas, habían trabajado juntas en la docencia y en una oportunidad que fue a visitarla, conoció al represor. Fue entonces, en agosto de 1977 que mantuvo la primera entrevista con Bignone, en su casa de Castelar, ante quien reclamó por la libertad de su marido.

El marido de Estela permaneció secuestrado durante 25 días, salió con 14 ó 15 kilos menos y con marcas de torturas. Durante ese momento Carlotto había conocido a un señor de la derecha católica, era un profesor de La Plata que siempre vestía de negro. Un día, el hombre con el objetivo de “gestionar la libertad de Guido” se le acerca y le pide un pagó de 40 millones de pesos, de la época, para “limpiar” la guardia. Para juntar el dinero Estela tuvo que vender muchas de sus cosas y pedir dinero a conocidos. La realidad es que nunca supo si consiguió salvarle la vida por esta razón. “Mi marido fue liberado tiempo después, hecho una piltrafa con marcas de tortura en el cuerpo (…) Jamás pensé que ese señor que estaba ahí iba a ser la parte negra de la historia” dijo Estela en alusión al ex dictador Bignone.

Cuando se produce el secuestro de su hija Laura, Carlotto solicitó una nueva entrevista con Bignone, en esta segunda ocasión la recibió en el edificio del Estado Mayor del Ejército. En ese encuentro, el ex represor le dio a entender que su hija había iniciado un plan de reeducación o había salido al exterior, o bien, había muerto. Debido a la fría respuesta que había recibido, Estela le replica “si ya la mataron devuélvanme el cuerpo, porque no quiero volverme loca como otras señoras que buscan en los cementerios, en las tumbas NN”. De ese encuentro, Estela salió llorando y convencida de que a Laura ya la habían matado.

Cuando se produce el secuestro de su hija Laura, Carlotto solicitó una nueva entrevista con Bignone, en esta segunda ocasión la recibió en el edificio del Estado Mayor del Ejército. En ese encuentro, el ex represor le dio a entender que su hija había iniciado un plan de reeducación o había salido al exterior, o bien, había muerto. Debido a la fría respuesta que había recibido, Estela le replica “si ya la mataron devuélvanme el cuerpo, porque no quiero volverme loca como otras señoras que buscan en los cementerios, en las tumbas NN”. De ese encuentro, Estela salió llorando y convencida de que a Laura ya la habían matado.

Era el 4 de abril de 1978 cuando una señora se acerca al negocio de Guido. La señora se llamaba Elsa Campos, había estado junto a Laura en un lugar donde había mucha gente, donde se oían ladridos de perros y el silbido de un tren.

Elsa les traía a los Carlotto un mensaje. Laura le había pedido que los fuera a ver para decirles que estaba embarazada de seis meses, que su bebe nacería en junio. Si es varón lo llamaría Guido y que para esa fecha fueran a buscarlo a la Casa Cuna. “Este mensaje fue como volver a vivir: no sólo estaba viva Laura ¡estaba esperando un niño!”
Estela no se dirigió solamente a la Casa Cuna en busca de su nietito.

La foto de la reconstrucción

Carlotto viajó a Brasil en el año 1980 junto con otras Abuelas, pudo comenzar a reconstruir lo que le había sucedido a su hija Laura. Allí se encontró con ex secuestrados y secuestradas que habían estado en centros clandestinos de detención junto a mujeres embarazadas.

En esa reunión estaba la señora Alcira Ríos. Ella le cuenta que había estado en el centro clandestino La Cacha, en la localidad de Olmos. En aquel sitio había una chica que dio a luz un varón y que pudo estar con el niño solo cinco horas, la apodaban “Rita”. Estela le muestra una foto a Alcira, ya que “Rita” era el apodo que usaba Laura, y efectivamente era ella. Alcira le contó acerca del nacimiento de su nieto, lo que Estela recibió como una buena noticia. Le describió luego, cómo fue el día en que se llevaron a Laura y no la volvió a ver más.

Antes de terminar, Estela recordó una entrevista que le habían hecho, de un diario español, al ex jefe de la bonaerense Ramón Camps, donde reconocía el robo sistemático de bebés. Hubo un reconocimiento sobre los niños hijos de desaparecidos que, recordó la titular de Abuelas, corrió por cuenta del ex jefe de la policía bonaerense Ramón Camps, que en declaraciones a un medio español dijo: “Yo mandé a matar cinco mil subversivos, pero nunca mate a ningún niño, les busque otras familias para que los criaran, porque los padres subversivos educan a sus hijos para la subversión”.

Al concluir, Estela dijo que su hija Laura era la muestra de que las mamás luego de dar a luz en los centros clandestinos, eran asesinadas.

“Sobre su tumba prometí que seguiría luchando por su justicia y por la de sus 30 mil compañeros”.

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“Soy tu abuela, te estuve buscando todos estos años”

Martes 10 de mayo de 2011

Testimonio de Elsa Beatriz Pavón.

El caso de Paula Logales, la primera nieta recuperada en democracia.

“Soy tu abuela, te estuve buscando todos estos años”

Por Natalie Naveira

Con voz calma y pausada Elsa Pavón inició su testimonio en la causa de apropiación de bebés. En el relato, que duró unas tres horas, Elsa habló de la recuperación de su nieta Paula, de su hija Mónica y de su yerno Claudio, ambos desaparecidos.

Mónica y Claudio eran estudiantes de agronomía y militantes Montoneros. En el año ‘77 deciden irse a vivir al Uruguay, junto a su hijita Paula, escapando de la dictadura. “Tenían pensado poner una fabriquita de churros, porque allí no había” dice Elsa con voz sollozante. Ellos estaban haciendo los papeles de residencia y juntaban algún dinero para inscribirse en un programa de viviendas.

El 18 de mayo de 1978 camino al Parque Rodó, son secuestrados en la vía pública en el Uruguay. Tres coches los rodean cuando estaban por subir al segundo ómnibus, los encapuchan a todos, a su yerno lo ponen en un auto y a su hija con su nieta de 23 meses en otro.

Los chicos habían desaparecido.

Ernesto José Logares, consuegro de Elsa, y su otra hija Silvia Viajan al Uruguay y empiezan a hacer averiguaciones. Están allí diez días y no consiguen encontrar nada, entonces deciden volver a la Argentina “Ahí en ese momento me lo dicen a mí, me dicen que los chicos habían desaparecido. Era una época muy difícil y yo pensaba que los iban a detener, pero pensaba en una detención ‘normal’, no tenía la menor idea de lo que significaba la desaparición de personas y menos de un bebé“.

A partir de esa situación, Elsa estuvo enferma alrededor de 10 días, con mucha  temperatura, hasta que un día estando sola en casa pensó: ”si yo me moría los chicos se iban a morir y, bueno, basta, tenía que levantarme. Me levanté y empecé a buscar a los adultos, los sigo buscando, a la nena la encontré”. Luego Elsa viaja con su consuegro para el Uruguay y recorren todo nuevamente, era época del mundial y les decían que terminado el campeonato, seguro los iban a largar. Volvieron a Buenos Aires y esperaron a que pasara el mundial.

Elsa hizo una separación, por un lado la búsqueda de los adultos y por otro su nietita. A la niña la buscó en los juzgados de menores, hospitales, colegios, institutos. Luego decide viajar a La Plata y buscar en los juzgados de allí. En uno de esos juzgados se encuentra con unas señoras, quienes se le acercan preguntándole que le pasaba, Elsa les comenta y ellas le dicen que tenían el mismo problema y que tenían una audiencia y si quería unirse a ellas, porque sola no la iban a atender, ellas ya tenían una audiencia y podía aprovechar esa situación”Acepté y hoy en día sigo, esas señoras eran: María Chorivick de Mariani, Licha De la Cuadra, María Eva Castillo Barrios“. Elsa empieza a caminar con ellas en la búsqueda.

Abuelas Argentinas con nietitos desaparecidos, fue una institución fundada el 21 de noviembre del año ’77. Armaban denuncias junto con las fotos. En el año ‘79, siendo la primera vez, Chicha de Mariani decide ir a Brasil y empieza la búsqueda en el exterior.

El encuentro con Monseñor Graselli

En esa búsqueda, a Elsa le dicen que vaya a la vicaría castrense, a ver al monseñor Graselli. Va a la vicaría, habla con él y le cuenta todas las cosas que había hecho para poder encontrarlos, le muestra una foto y Graselli se la queda mirando diciéndole: “Bueno, miré m’hija, usted sabe como son estas cosas, agarran un Hércules, se vienen entre gallos y medianoche, traen a gente y cuando lleguen acá yo le voy a recuperar a la nena, eso sí, olvídese de los padres” Elsa lo mira a los ojos y le dice: “hecho, devuélvame a la nena.” Y agrega: “lo que yo pensaba era que si  encontraba a la nena podía llegar a los padres, nunca se me ocurrió que iba a encontrar a la nena, a los padres los sigo buscando hace 33 años” Luego de ese encuentro, quedaron en que ella lo llamaba una vez por semana. Cuando llamaba a Graselli siempre la respuesta era: “no tengo noticias, no tengo noticias…”. Hasta que dejó de llamar. A su consuegro, también había quedado en llamarlo porque tenía relaciones con gente de la Marina, él iba a averiguar por su cuenta, a ver si podía saber algo, así que todos los lunes Elsa lo llamaba.

Siguieron encontrándose con su consuegro hasta que un buen día le dijo: “¿Elsa, usted se miró al espejo?”. Ella le dice “no ¿por qué?”, “Porque mire cómo se está arruinando, por qué no deja las cosas como están, a la nena no la va encontrar, a los chicos ya los deben de haber apilado”. “Yo le dije: mire Ernesto, mientras yo pueda voy a caminar, mientras tenga a los chicos a los costados de mi cara, los voy a seguir buscando y a la nena la voy a recuperar”. “Bueno -me dice- pero le va a sacar a otros padres, la va a sacar otra vez, ahora tendrá otra familia, por qué no la deja en donde está y usted descansa –y le respondo- no no, la familia somos nosotros yo la voy a encontrar y la voy a recuperar”.

El pez por la boca muere

A Elsa en octubre del ’79 la llama Serrano, éste era un amigo de su yerno, era marino e instructor de tiro, pero en esa época era el director de Bienestar Social. Habían hablado dos o tres veces por teléfono y un día la cita en la puerta de Bienestar Social, en el centro, y le da unas fotos que se habían sacado los chicos en la casa de él. Porque cuando dejan su casa, primero se van a la casa de Serrano en Mar del Plata. Después Mónica pasa por la casa de Elsa con la nena y se queda una semana, mientras Claudio se iba para Uruguay y buscaba trabajo y todo lo demás.

La última vez que lo llamó por teléfono y habló con Serrano éste le dice que: “Claudio era irrecuperable, que no lo íbamos a ver más pero que preparara el dormitorio para Mónica y Paula que más o menos para fin de año de seguro la iban a liberar, que la iban a hacer pasar por enferma mental a Mónica”, Serrano promete que iba a buscarle la vuelta como para que la liberaran. A Serrano Elsa lo volvió a ver en el  Juicio por la Verdad, en muchos años después no lo vio más, ni habló más con él “Armamos el dormitorio, por supuesto, las esperamos y nunca llegaron. No mi hija”.

En ese momento le preguntan a Elsa qué es lo que dijo Serrano en el Juicio por la Verdad, responde que no se acuerda demasiado, pero que hay algo que sí recuerda muy bien, porque son palabras que le resonarán por siempre, esas palabras fueron que: “no merecían morir, que mucha gente con mucho más compromiso y con muchos más problemas estaban con vida, habían salido en libertad y que ellos no tendrían que haber muerto”.

Muy apenada Elsa añade que la sensación que les quedó a todos en ese juicio, es que él los había entregado, porque Claudio confiaba mucho en él y le contaba por cartas todo lo que pensaban, todo lo que quería hacer, inclusive le habían contado que pensaban embarazarse para octubre, que estaban programando poner una fábrica de churros en el Uruguay como una forma de trabajo.

Entre una mezcla de indignación y lamento Elsa cuenta la tarjeta de fin de año que Serrano manda en el ‘79, después de indicarles que preparen la habitación para las chicas, en ella decía que “teníamos que comprender que los chicos por fin descansaban, que era muy duro vivir sin Claudio en el futuro pero que bueno… que él estaba bien, estaba tranquilo, que ahora descansaba”. Serrano era amigo del “tigre” Acosta, y en el Juicio por la Verdad todos querían saber cómo sabía que habían muerto.

Corría el año ’80 y en todas las solicitadas de abuelas salía la foto de Paula. Hasta el día que la recuperaron. Una de la Abuelas, Chicha Mariani, viaja de nuevo a Brasil y en una organización de derechos humanos llamada CLAMOR le entregan tres fotos de una nena diciéndole que posiblemente era de procedencia Uruguaya, que los padres habían sido desaparecidos, que se fijara si era alguna de las nenas que las Abuelas estaban buscando. Efectivamente las fotos eran de Paula, en el dorso de una de las fotos, estaba el nombre de la persona que la tenía, de la apropiadora. También estaba el nombre de pila de Paula. Con esos datos podían empezar a rastrearla.

Era el momento de acercarse, Paula estaba en Malabia al 3050 y para el año ‘80 no tenía todavía 4 años. Elsa fue allí y la reconoció,  pero después se mudan y la vuelven a perder. Ya para el Año 82 sigue la búsqueda de Abuelas, y a comienzos del año 83 empiezan a poner más masivamente las fotos de las embarazadas y de los niños y niñas.

En ese período alguien llama al Cels y habla con el Sr. Mignone, esta persona le dice dónde vivía la nena que buscaban. Mignone la llama a Chicha y le da todos los datos, Chicha la llama a Elsa y le dice que apareció Paula. “Los abogados me piden todo para poder hacer la denuncia, me acercaba para ver a la nena, y cuando la pude ver otra vez fue un shock, porque era parecida a Mónica cuando tenía 7 años”. Siguieron con la averiguación, continuaron viéndola y lograron saber dónde era el colegio que iba y así acercarse de una forma más fácil, no le iban a hablar, les faltaba saber bien el apellido.

¿Te atrevés? Fueron las palabras de Elsa al marido, cuando le preguntaba si se animaba a intentar hablar con Paula, sí, dijo él, y fue a verla. Paula le dio la oportunidad porque subía y bajaba de un micro jugando, hasta que él le dijo: “te vas a caer, te vas a caer” y por supuesto se golpeó. Entonces subieron al micro, Paula se sentó en un asiento y apoyo sus manitos mirándolo, luego al llegar a su hogar, el marido de Elsa le comenta qué sintió en ese instante: “mira yo sentí que en ese momento me llamaba abuelo y si me llegaba a decir abuelo se me caían los pantalones, se me caía todo”, porque Paula lo llamaba así a los dos años.

Cuando por fin lograron tener bastantes datos de Paula, Elsa les dice a los abogados: “Ahora quisiera verla frente a un juez, no soporto más no hablarle, no me pidan más, porque ya no puedo”. Desde Abuelas hicieron toda la investigación para verificar quién la tenía, cómo la tenía, en qué condiciones, quién era sobre todo; y descubrieron que la tenía Rubén Luis Lavallen su mujer, Raquel Teresa Leiro Mendiondo.

Luego llega la democracia, pensaron que iban a saber qué pasó con su gente, “pensábamos que íbamos a saber dónde estaban nuestros chicos, todavía estamos esperando respuestas con respecto a los adultos y por los chicos los pudimos encontrar, están, y los que no, también salimos a buscarlos”.

“El lunes 13 de diciembre a las 7 de la mañana estábamos en tribunales, la señora de Mariani, la Dra. Cuerino, la  Dra. Maratea y yo, en la primera denuncia de Abuelas de un hijo desaparecido”. Le tocó la sala N°1, secretaría N°1, el número de causa es 202/83 y ahí se sentaron a esperar a que se haga el allanamiento. Ya eran las 10 de la mañana y no había ningún movimiento, entonces Chicha golpeó la puerta y preguntó: “¿no hay orden de allanamiento?”  El juez dice: “no, todavía no”. Así varias veces, a eso de las 12 del mediodía, Chicha empezó a presionar: “si le pasa algo a la nena o se la llevan, usted va a ser el responsable”, presionó tanto que a la 1.30 de la tarde, el Juez dijo furioso: “que venga el comisario” y dio la orden del allanamiento. “Lavallen era de la brigada de San Justo, donde yo después me entero que allí en ese CCD estuvieron mis hijos”.

En el año 1984 le hacen a Paula los análisis hemogenéticos, convirtiéndola en la primera niña restituida. Las muestras las pudieron obtener después de un mes. A partir de aquel resultado, empieza una durísima batalla legal que duró doce años y once meses para finalizar con los papeles de la restitución de la identidad de Paula. Y casi trece años para devolverle lo que un operativo le sacó en cinco o diez minutos. No se le devolvió todo, faltan los papás.

Elsa respecto a la causa, añade sus últimas palabras, diciendo: “queremos encontrar a los 400 niños que nos falta, (no son niños, son hombres y mujeres) poder encontrarlos y devolverles las identidad, que eso fue el objetivo de Abuelas desde el día que se creó, y por sobre todas las cosas que sepan que no los abandonamos que siempre los buscamos, que fueron queridos y que fueron un proyecto de vida de sus padres”.

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Buscando la libertad de Ana

Lunes 2 de mayo de 2011

Testimonio de Estela de la Cuadra

Buscando la libertad de Ana

Por Natalie Naveira

Estela De la Cuadra declaró en el Tribunal Oral Federal 6, por la causa de apropiación de bebés. Ante su testimonio el cardenal Jorge Bergoglio podría ser llamado a declarar como testigo nuevamente en un causa por delitos de lesa humanidad. Así lo solicitó la fiscalía y las querellas luego de que Estela De la Cuadra, hija de una de las fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo, relatara las gestiones que realizó su madre ante el religioso para localizar a su nieta desaparecida.

Estela narró con muchos detalles los comienzos de Abuelas de Plaza de Mayo, de las reuniones en las que participaba su madre, “Licha” De la Cuadra, junto a Estela de Carlotto y María Isabel ‘Chicha’ Mariani, entre otras. También contó el calvario que sufrió en carne propia con siete familiares desaparecidos entre los que se encuentran su marido Gustavo Fraire y su hermano Roberto José. Pero su testimonio se centró en la desaparición de su hermana Elena, embarazada de cinco meses, y su esposo Héctor Baratti, ambos secuestrados en un operativo el 23 de febrero de 1977. El 7 de julio de ese año, la familia recibió la primera noticia de que Elena había dado a luz a una beba, Ana Libertad que luego fue arrancada de los brazos de su madre mientras estaba detenida en la Comisaría 5ª de La Plata. El parto fue confirmado por varios testigos. Dio a conocer , además, documentos que prueban que la cúpula de la Iglesia católica tenía conocimiento sobre la apropiación de los hijos de las mujeres secuestradas en los centros clandestinos.

Mientras transcurría la  audiencia Estela De la Cuadra aportó distintas solicitadas, cartas  y presentaciones de las Abuelas en búsqueda de sus hijos y nietos. En abril de 1978, dirigen una nota a Horacio Heredia, titular de la Corte a nivel nacional, las Abuelas se preguntaban: Buscamos a nuestros nietos… ¿qué tenemos que hacer para que se nos escuche? La misiva no tuvo respuesta.

Las  primeras cartas firmadas como Abuelas fueron hechas para otra autoridad de la Iglesia, el cardenal Raúl Primatesta, el 12 de septiembre de 1979, en la que incluían algunos expedientes de casos de bebes desaparecidos.  A continuación da  lectura de una respuesta del prelado Francisco Primatesta, de septiembre de 1979, en la que el sacerdote le dice: Que al dolor de la desaparición de un hijo se añade la de una criatura (…) bien quisiera poder ayudarla (…) pero Ud. conoce la limitación (…) tomamos con cordial preocupación su problema (…) y lo encomiendo sinceramente en la oración a Dios, nuestro señor”.

Alicia “Licha” De la Cuadra- madre de Estela- efectuó estas gestiones,  ante las autoridades eclesiásticas, para poder encontrar con vida a la joven y su bebé: A través de una autoridad jesuita de Italia mi mamá y mi papá consiguieron audiencia con Jorge Bergoglio, éste en aquel  entonces era provincial jesuita de Buenos Aires. Bergoglio les da una carta donde les dice que el obispo de La Plata Mario Piqui iba a interceder en el caso. Después, el obispo Piqui se entrevistó con las autoridades policiales y les trasmitió que la beba estaba en poder de un matrimonio bien y que ya no había vuelta atrás.

Luego, recuerda Estela: Bergoglio dijo al declarar en la causa ESMA que se enteró hace diez años que había niños desaparecidos. Creo que es inmoral contestar eso, es burlarse de lo que hicieron estos hombres y mujeres. Esta es la tercera vez que lo manifiesto en un Tribunal Federal ¿qué posición van a tomar ustedes sobre Bergoglio? Él se ocupó de la cuestión de Ana, pero ¿qué pasó, cuál es el mecanismo que tuvo, qué pasó con Ana? ¿No amerita que Bergoglio conteste estas preguntas? Estela indignada, en ese momento, pide al Tribunal que lo citen a declarar, ya que él es la máxima autoridad católica del país.

La incansable búsqueda de la niña llevó a la familia De la Cuadra a tocar muchas puertas  señalando que: de Videla para abajo hubo muchos con responsabilidades y para los costados también.

Estela hoy sigue en la búsqueda de su sobrina Ana Libertad nacida en cautiverio. En estos momentos no sé  dónde está Ana, no tengo ni idea. ‘Licha’ la buscó desde el primer día y la siguió buscando hasta su último momento, pero: ahora en el Banco Nacional de Datos Genéticos está el ADN de Héctor, el papá de Ana, para ayudarla.

El cuerpo de Héctor Baratti fue reconocido a fines de 2009, fue una de las víctimas arrojadas al mar desde aviones en los operativos que se conocieron como “los vuelos de la muerte”.

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Treinta y tres años de incertidumbre.

Martes 12 de Octubre de 2010

Testimonio de María Isabel “Chicha” Chorobik de Mariani

Treinta y tres años de incertidumbre
Por Natalie Naveira

En una audiencia anticipada y ante el TOF 6 de la Capital Federal declaró, este martes, como testigo María Isabel “Chicha” Chorobik de Mariani que aún sigue buscando a su nieta Clara Anahí.

El juicio oral y público, cuyo comienzo fue pospuesto el último 20 de septiembre pasado, se iniciará formalmente el próximo marzo. Este testimonio fue un anticipo de ese debate.
Chicha Mariani es una de las fundadoras y ex titular de Abuelas de Plaza de Mayo, quien con 86 años temía no llegar a 2011 en condiciones.
En la audiencia habló sobre la muerte de su hijo Daniel, de su nuera Diana y de la desaparición de su nieta además de todas las gestiones que llevaron adelante y del primer antecedente de Abuelas, como Asociación de las Abuelas con nietas y nietos desaparecidos.

En cuanto a Marcela Noble, Chicha sospecha que podría ser su nieta: Yo leía todos los días varios diarios. Una vez supimos en Abuelas que los hijos de Noble eran adoptados. Yo pensé: ¿por qué Marcela no podría ser Clara Anahí?

En el recorrido de su testimonio nombró a la Iglesia Católica, entre ellos a Emilio Graselli de la capilla Stella Maris y a José María Montes monseñor de la catedral de La Plata.
Como muchos familiares fue a verlos y a pedirles ayuda. Ella les dio datos e información, pero al regresar a buscar alguna información al respecto José Montes la recibió muy enojado y le dijo que estaba entorpeciendo la vida de la gente que tenía a la nena y que no lo molestara más y le cerró la puerta en la cara. En cuanto a Graselli, Chicha dijo que éste muy enojado le contestó que mi nieta estaba con gente de mucho poder y que no se la podíamos sacar.

Durante el testimonio explicó cómo surgieron los primeros datos de los análisis genéticos. Ella había leído en un diario acerca de la posibilidad de adquirir información a partir de análisis de sangre (ADN), pero sin la presencia de los padres biológicos, esta noticia la leyó en los años de la dictadura. Esa información la llevaba en su agenda. A partir de allí viajaron a Suecia, Paris, Alemania, Finlandia y por último a Estados Unidos.
En Suecia se encontraron con el director del Instituto de Sangre y recordó que se pasó toda la entrevista arañándose el cuello de lo nervioso que estaba. Luego se trasladaron a Paris, al Hospital de la Piedra. Ahí tampoco sabían nada acerca de esa noticia. En Alemania les preguntaron que de dónde habían sacado eso y que era un absurdo. Luego convencidas de que en Finlandia podían encontrar a uno de los chicos porque tenía una marca en el esternón: buscábamos a ciegas, nada se sabía, nos mentían -dice Chicha. Por último fueron al banco de sangre de Nueva York, luego a California donde allí sí encontraron una respuesta positiva y comenzaron a trabajar en lo que después se conoció como el “índice de abuelidad”.

Chicha en su testimonio detalló todos los habeas corpus que hizo y los contactos que tuvo con lo referido a la Iglesia Católica, a otras iglesias y con la entrevista frustrada con el papa Juan Pablo II. Luego, fatigada dice: La Iglesia argentina nos cerró la puerta, entonces necesitaría tener tres vidas más para seguir buscando a mi nieta.

Para terminar añade: Uno de los grandes miedos era que pasara el tiempo y no encontráramos a los chicos. Son treinta y tres años de incertidumbre, es una tortura continua. Nosotros lo sabemos, es un cuchillo en el corazón, hasta que un día quizás en este camino encuentre a mi nieta.

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